RENUNCIA
Y RENUNCIAMIENTO
Recientemente
se ha estado hablando mucho de la 'crisis de la edad media'.
En realidad, ésta es sólo una de las muchas 'crisis' o
estadios críticos de desarrollo en la vida, como lo mostró Eric
Erikson hace ya treinta años. (Erikson describió
ocho crisis: quizá haya más).
Lo que
convierte en crisis estos períodos de transición en el ciclo
vital -es decir, lo que los hace problemáticos y penosos- es
el hecho de que al lograr pasar con éxito a través de ellos
renunciamos a nociones queridas y a viejos modos de obrar y de
considerar las cosas. Muchas personas no están dispuestas a
sufrir el dolor de semejante renuncia o son incapaces de
soportarlo. En consecuencia, se aferran, y a menudo para
siempre, a sus viejos esquemas de pensamiento y conducta; así
no vencen ninguna crisis, ni experimentan verdadero crecimiento,
ni tienen la jubilosa experiencia de renacer que acompaña el
paso feliz a una mayor madurez.
Aunque podría
escribirse todo un libro sobre cada uno de ellos, aquí nos
limitamos simplemente a enumerar, en su orden de aparición, algunos
de los principales deseos, condiciones y actitudes a los que hay
que renunciar en el curso de una vida que evoluciona
satisfactoriamente.
· El estado infantil en el cual no es necesario
responder a exigencias exteriores.
· La fantasía de la omnipotencia.
· El deseo de la posesión total (incluso sexual) de
uno de los padres.
· La dependencia de la niñez.
· La omnipotencia de la adolescencia.
· El deseo de verse libre de todo compromiso.
· La agilidad de la juventud.
· La atracción y potencia sexuales de la juventud.
· La fantasía de la inmortalidad.
· La autoridad sobre los hijos.
· Las varias formas de poder temporal.
· La independencia de la salud física.
· Y, por último, el sí mismo y la vida misma.
En lo tocante
al último de los puntos mencionados, podrá parecer a muchos
que ese requisito -renunciar a uno mismo y a la propia vida- representa
una crueldad por parte de Dios o del destino que convierte
nuestra existencia en una especie de mala broma que nunca puede
ser aceptada por completo. Esta opinión es particularmente
cierta en nuestra actual cultura occidental en la cual el sí
mismo es considerado sagrado y la muerte un indecible insulto.
Sin embargo, la realidad es todo lo contrario. En la
renuncia a su propio sí mismo los seres humanos pueden hallar
el júbilo más sólido y duradero de la vida. Y es la muerte lo
que confiere a la vida todo su significado. En este
'secreto' estriba la fundamental sabiduría de la religión.
'Durante
toda la vida uno debe continuar aprendiendo a vivir',
dijo Séneca hace dos milenios, 'y lo que más os
asombrará es que durante toda la vida uno debe aprender a
morir'. También es evidente que cuanto más avanza
uno por el camino de la vida más nacimientos experimentará
y, por lo tanto, más muertes, más alegrías y más dolores. |