EL
FASCINANTE MUNDO
DE
NUESTRO CEREBRO
Nadie
se aventuró más profundamente en el cerebro hasta 1924,
cuando un fisiólogo suizo, Walter
R. Hess,
descubrió la tremenda importancia del hipotálamo. Hess,
quien posteriormente ganó un Premio
Nobel,
comenzó insertando tubos delgados dentro de los tallos
cerebrales de los gatos, a través de los cuales inyectaba pequeñas
dosis de productos químicos.
Esto producía cambios
extraordinarios en el comportamiento de los animales, como si hubieran dado en el centro de sus
emociones.
Asombrado, Hess decidió estimular
eléctricamente la misma área. Utilizando cables muy delgados pero rígidos
que estaban completamente aislados, excepto en la punta, envió
una corriente eléctrica débil hacia el hipotálamo del
gato.
Esto, también provocó cambios dramáticos de gran
variedad. Estimulando un punto determinado, podía hacer que
el gato se comportara 'como
amenazado por un perro'.
'Escupe,
resopla, o gruñe... tiene las pupilas dilatadas,... las
orejas hacia atrás, o se mueven hacia adelante y atrás
como para asustar a un enemigo inexistente', informó Hess.
Un
gato estaba tan
furioso que lo atacó. La estimulación en otros puntos, sólo a milímetros, les
cambiaba el ritmo de la respiración, la presión sanguínea,
los hacía comer, beber o vomitar, los excitaba sexualmente
o los hacía dormir.
Si
Hess no hubiera hecho nada más que reseñar las funciones
del hipotálamo de esta forma, hubiera ganado reputación
como uno de los titanes de la investigación del cerebro.
Actualmente se considera al hipotálamo como tan poderoso y
complejo que se lo ha determinado 'un
cerebro dentro del cerebro'.
Regula todo el sistema nervioso autónomo, y por lo tanto el
medio ambiente interno del cuerpo, incluyendo su
temperatura, balance químico, sus apetitos, como así también
las emociones.
Pero Hess es
también el
padre de las implantaciones en el cerebro.
No tuvo confianza en las técnicas existentes sobre la
exploración cerebral, en la que los investigadores sostenían
los electrodos en sus propias manos. Si el mover
un electrodo un milímetro podía provocar diferencias tan extremas en el
comportamiento, el sistema manual era demasiado inexacto.
También requería que los sujetos estuvieran físicamente
restringidos o anestesiados a lo largo de todo el
experimento para que yacieran totalmente inmóviles,
impidiendo cualquier reacción normal.
En
vez de eso, Hess ubicó
los electrodos dentro
de los cerebros de los gatos y los dejó allí,
unidos a un terminal fijo en la piel que cubre el cráneo.
Demostró que una vez terminada esta operación, los gatos
se comportaban normalmente. Luego conectó cables flexibles
a los terminales de sus cabezas y conectó éstos con unos
instrumentos suspendidos del techo, permitiendo que los
gatos se movieran de un lado al otro como atados por una
correa. De esta manera podía
estimular el cerebro tan frecuentemente como quisiera,
siempre en el mismo punto exactamente, mientras los gatos
estuvieran activos y conscientes. Además, luego de haber
finalizado sus pruebas, podía
estudiar los cerebros bajo un microscopio para determinar
con precisión dónde habían estado los electrodos.
Nadie
podía dudar de la evidencia de Hess:
cuando estimulaba ciertas partes del hipotálamo de los
gatos, éstos reaccionaban
airadamente.
Pero, ¿significaría
esto que los gatos estaban realmente enojados?
Muchos científicos sostenían que no. Aunque sabían que la
estimulación eléctrica de la corteza cerebral podía
producir movimientos físicos, éstos eran
considerados como respuestas puramente mecánicas.
Las
emociones eran una cosa diferente, mucho
más privada, más próxima al alma.
Cuando uno se enoja, toda la persona está afectada.
Seguramente las emociones no se podían localizar o impulsar
en el cerebro tan simplemente como el movimiento de un pie.
Por lo tanto, sus colegas sostenían que lo que Hess producía con su estimulación cerebral, era únicamente un
fingimiento de cólera o temor, solamente la manifestación
física de la emoción, no la emoción en sí.
Sin
embargo, a principios de la década de 1950, Hess parecía
estar justificado. Para entonces, nuevas técnicas para la
implantación de electrodos más delgados, muchos de los
cuales podían ser implantados simultáneamente en un solo
cerebro, llevaron a un nuevo resurgimiento de experimentos
mediante la estimulación del cerebro.
Repentinamente
un grupo de investigadores de la Universidad
de Yale informaron haber encontrado algunas áreas del cerebro donde
la estimulación producía ya sea temor o dolor,
mientras un joven americano que trabajaba en la Universidad
McGill de Montreal descubrió que podía generar placer
artificial.
El
experimento de Yale comprendía algunos gatos muy
hambrientos con electrodos en sus cerebros. Se les ofrecía
comida y corrían hacia ella, pero tan pronto comenzaban a
comer, una corriente estimulaba ciertos puntos de su tálamo, que se encuentra justo encima del hipotálamo, y
otras estructuras profundas. Los gatos dejaban la comida
inmediatamente, como si hubieran sido picados por ella,
y retrocedían. Después de varios intentos, la
eludía, a pesar del hambre que tenían.
Otros
gatos igualmente hambrientos que eran estimulados en
distintas partes del cerebro parecían momentáneamente
indiferentes a la comida, pero un segundo más tarde,
iban hacia ella.
Si
animales hambrientos aprendían a apartarse de la comida
porque va apareada con una clase de estimulación cerebral, esa
estimulación debe ser poderosamente desagradable.
No puede haber nada fingido en esa sensación. De este modo
el doctor José
Delgado,
un fisiólogo que trabajaba con los psicólogos Warren
Roberts y Neal
Miller,
demostró en 1954 que el
dolor verdadero puede producirse mediante una estimulación
eléctrica del cerebro.
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