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Estados
Emocionales Cotidianos manifestados por niños y adolescentes.
Por
Reed Larson
University of
Illinois at Urbana-Champaign and Hospital Michael Reese.
y
Claudia Lampman-Petraitis
Universidad
de Loyola de Chicago.
Traducido
al español por Emilia Clara Argullós
LARSON, REED, y LAMPMAN-PETRAITIS
Estados Emocionales
Cotidianos manifestados por niños y adolescentes. DESARROLLO
INFANTIL, 1989, 60, 1250-1260. Se examinaron los estados
emocionales que, durante el día, manifestaban niños de entre
9 y 15 años de edad, en orden a valorar la teoría de que el
comienzo de la adolescencia está asociado al aumento de la
volubilidad emocional. Estos jóvenes llevaron consigo
localizadores electrónicos por espacio de una semana. Durante
este tiempo, cada vez que recibían las señales que les eran
enviadas aleatoriamente, debían rellenar unos informes sobre
sus estados emocionales. Para evaluar la posibilidad de que se
dieran grupos de respuesta por edades, se pidió a un subgrupo
de niños que clasificara, empleando las mismas escalas, las
emociones mostradas por seis dibujos de caras. Entre el grupo
de chicos no se encontró la esperada correlación entre la
edad y volubilidad emocional cotidiana. Entre las chicas fue
pequeña. Hubo, sin embargo, una relación lineal entre la
edad y el término medio de los estados de humor. Respecto de
ésta, los participantes de más edad manifestaron más
estados medios, en especial manifestaron más estados
levemente negativos. En lo que se refiere a la clasificación
de las caras, no hubo diferencias por edades, lo cual indicó
que esta relación no puede ser atribuida a las diferencias de
edad en la respuesta de grupo. Por consiguiente, estos
hallazgos proporcionan poco apoyo a la teoría de que el
comienzo de la adolescencia está asociado al aumento de la emotividad.
Sí demuestran alteraciones significativas en la
experiencia vital cotidiana asociada con este periodo de edad.
La adolescencia ha sido considerada desde antiguo como una
etapa de crecimiento emocional. Aristóteles describió a los
jóvenes como seres "apasionados, irascibles, y propensos
a dejarse llevar por sus impulsos" (citado por Fox,
1977). G. Stanley Hall escribió que "es un impulso natural
propio de los adolescentes el experimentar estados vehementes
y ardientes" (1904, Vol. 2, pág. 74-75). Descripciones
similares de la veleidad o emotividad adolescente han sido
formuladas por psicólogos sociales (Becker, 1964; Lewin,
1938), antropólogos (Benedict, 1938; Mead, 1928),
psicoanalistas (Blos, 1961; Freud, 1937), novelistas (Spacks,
1981), y profesionales de la educación en las etapas
elemental y de bachillerato (Eichhom, 1980). Laypersons
(en una entrevista que le hicieron), Hess and Coldblatt (1957)
y Musgrove (1963) también emplearon términos tales como
"repulsivo", "inestable," y
"violento" para describir al "arquetipo
adolescente". La hipótesis subyacente es que los
adolescentes, probablemente a causa de los cambios fisiológicos,
psicológicos y sociales que sufren en este periodo de edad,
experimentan situaciones emocionales más extremas, sujetas a
cambios más rápidos y que resultan menos predecibles que las
experimentadas en las fases anteriores o posteriores de su
desarrollo.
Para evaluar la hipótesis de si los adolescentes son
emocionalmente menos estables que los preadolescentes,
nosotros examinamos los informes de un muestreo temporal
realizado sobre menores cuyas edades estaban comprendidas
entre los 9 y 15 años, en donde estos describían los estados
emocionales experimentados en su vida diaria. El grado de
oportunidad para esta investigación era de tipo fenomenológico;
estábamos interesados en conocer la gama de estados
emocionales que, en cada momento, niños y adolescentes, se
atribuyen a sí mismos desde su "propia esfera
consciente" (Harris & Oltho£ 1982), Sabíamos que,
de conseguir medir aquellos componentes de la emoción que una
persona no puede detectar conscientemente, como son el
despertar fisiológico o el afecto inconsciente, podríamos
llegar a diferentes tipos de conclusiones. A los efectos de
este estudio, la volubilidad emocional fue conceptuada
como el nivel de desviación que un individuo experimenta en
sus estados de humor cotidianos, en los que continuamente pasa
de estados positivos a negativos La cuestión planteada
es, entonces, si los adolescentes experimentan un más amplio
elenco de estados emocionales que los preadolescentes. En su
vida diaria ¿se atribuyen a si mismos la gran variación de
estados emocionales que, desde antiguo, los observadores les
han atribuido? El estudio también aborda la cuestión conexa
de si ellos experimentan realmente mayor número de
situaciones emocionales extremas.
Investigación
de fondo
Debe diferenciarse la hipótesis de la emotividad adolescente
de la más amplia que afirma que la adolescencia es un periodo
de inquietud o de "turbulencia y estrés," un punto
de vista que hace ya tiempo que no goza de general aceptación
(Adelsen, 1979; Petersen, 1988; Strober, 1986). La teoría de
la confusión afirma que la emotividad
forma parte integrante del normal y hasta deseable
desorden y cambio en la personalidad, característicos de la
condición adolescente (Blos, 1961; Freud, 1937). Los
descubrimientos fruto de la investigación, no obstante, dejan
claro que esta clase de perturbación no es normativa ni
deseable. La gran mayoría de adolescentes manifiestan hacia
su vida, sentimientos globalmente felices (Offer, Ostrov,
& Howard, 1981). Los tipos de desórdenes psíquicos
experimentados durante la adolescencia no son mayores que los
sufridos en posteriores etapas de la vida (Rutter, Graham,
Chadwick, & Yule, 1976), y el adolescente arquetipo no
experimenta una ruptura en sus relaciones familiares (Hill
& Holmbeek, 1986; Montemayor, 1986). Además, en los
supuestos de confusión, la misma está asociada al hecho de
haber empleado los peores ajustes en lugar de los que resultarían
más adecuados a largo plazo (Dusek & Flaherty, 1981;
Kohlberg, LaCrosse, & Ricks, 1974; Offer & Offer,
1975).
La general inexistencia de un estado de confusión entre la
mayoría de quinceañeros,
sin embargo, no refuta la teoría más específica según la
cual los adolescentes son criaturas emocionales. Sigue vigente
la posibilidad de considerar como elemento normativo propio de
la experiencia adolescente la presencia de impulsos
emocionales variados - incluyendo estados emocionales extremos
tanto positivos como negativos (Sharp, 1980).
La investigación proporciona algunos indicios de que los
adolescentes experimentan emociones más intensas en su vida
cotidiana que los adultos. Larson, Csikszentrnihalyi y Graef
(1980) recogieron datos de campo sobre las experiencias
emocionales diarias. Emplearon localizadores electrónicos
para indicar a los adolescentes y adultos elegidos que diesen cuenta
de las experiencias
subjetivas que sentían en diferentes momentos del día
elegidos al azar. Encontraron que los estados de humor
presentados por la muestra de estudiantes de bachillerato tenía
un nivel de desviación superior al de la muestra de adultos.
Los estados de humor medios de ambos grupos eran similares, lo
que indica que la base de sus estados emocionales era
parecida; no obstante, los adolescentes manifestaron extremos
en un mayor número de ocasiones, tanto positivos como
negativos.
Unos cuestionarios aportaban una evidencia adicional.
Mostraban cómo los adolescentes y los adultos más jóvenes
manifestaban emociones más extremas que los adultos de mayor
edad. Los jóvenes estudiados por Diener, Sandvik, and Larsen
(1985), con edades comprendidas entre los 16 y los 19 años,
obtuvieron puntuaciones superiores en "intensidad
afectiva" que los sujetos de mayor edad de las mismas
familias. Bradburn (1969) y Campbell (1981) encontraron
una mayor presencia de ambas clases de afectos - positivos y
negativos - en las respuestas de los adultos más jóvenes que
entre las registradas por los sucesivos grupos de mayor edad
que se sometieron al cuestionario. Una serie de estudios
proyectivos revisada por Malatesta (1981) también sugiere una
reducción de las actitudes afectivas extremas con el paso de
la juventud a la edad adulta, aunque el autor sugirió razones
metodológicas para evitar esta conclusión, y en un
estudio-cuestionario no se
evidenció la susodicha tendencia de edad (Malatesta &
Kalnok, 1984).
Estos
estudios proporcionan una inicial confirmación a la hipótesis
de que la adolescencia es un periodo de volubilidad emocional.
Sus conclusiones, no obstante, están sujetas a dos grandes
limitaciones. En primer lugar, si bien diferencian la evolución
diaria de los estados emocionales de los adolescentes de la de
los adultos, sin embargo, los estados emocionales de los
adolescentes no fueron estudiados en relación con los de los
niños. Es posible que la emotividad durante la adolescencia
sea tan sólo una prolongación de la responsabilidad de la niñez.
De hecho, los párvulos y los niños también tienen fama de
ser más volubles emocionalmente (Malmquist, 1975; Weiner
& Graham, 1984).
Un segundo problema estriba en la posibilidad de que los
resultados obtenidos reflejen los cambios de edad en el modo
que la gente emplea las escalas de auto-valoración de sus
estados de humor. La investigación acerca de los tipos de
respuesta indica que, con la edad, los niños y los
adolescentes emplean menos las valoraciones extremas de la
escala de medición para clasificar los estímulos ambiguos.
Light, Zax, y Gardiner (1965), por ejemplo, encontraron que
entre los estudiantes del cuarto al octavo grado escolar se
daba, correlativamente, un menor empleo de respuestas extremas
en las valoraciones de estímulos neutros (ver también
Hamilton, 1965). Por consiguiente, es concebible que las
diferencias encontradas entre los adolescentes y los adultos
no reflejen otra cosa que un cambio en el estilo de respuesta.
En otras palabras, es posible que los adultos experimenten los
mismos estados emocionales que los adolescentes, pero gracias
a su mayor base vital, presenten tales estados de manera menos
extremada.
Ambos problemas pueden quedar resueltos si comparamos la
volubilidad emocional de los adolescentes con la de los niños.
Si la emotividad es un rasgo distintivo de los adolescentes
-no simplemente una continuación de la condición de la
infancia temprana- entonces los adolescentes deberían
manifestar un más amplio elenco de alteraciones emocionales
diarias que los niños. Pero si las diferencias de edad
que afectan el tipo de respuesta influye sobre los datos de
los informes de autovaloración presentados por ellos, los niños
deberían manifestar más extremos emocionales que los
adolescentes.
En este estudio, por consiguiente, hemos comparado el alcance
de los estados emocionales experimentados por los niños y por
los adolescentes. El comienzo de la adolescencia en los
Estados Unidos, que es donde se llevó a cabo el estudio, está
comúnmente asociado con la pubertad, el inicio del
bachillerato elemental y con otras transiciones que tienen
lugar entre el sexto y el noveno grado escolar (Lipsitz, 1977;
Steinberg, 1985). Al objeto de obtener una representación
adecuada de la pre-adolescencia, incluimos estudiantes del
quinto al noveno grado escolar (con edades comprendidas entre
los 9 y 15 años). La teoría de la emotividad predice
un incremento en la varianza estadística de los
estados de humor presentados en cada momento durante este
periodo de edad. También examinamos las diferencias de edad
en los estados medios y la frecuencia de los estados extremos.
Siguiendo el procedimiento empleado por Larson (1980) estos
estudiantes clasificaron los estados de humor que
experimentaban en momentos aleatorios del día, cada vez que oían
las señales de un localizador. Al objeto de discriminar de
las tendencias los componentes accesorios que pudieran ser
atribuidos a estilos de respuesta, también pedimos a una
submuestra de estudiantes clasificar los estados emocionales
que percibían en seis simples dibujos de caras que
representaban una serie de emociones. Dado el gran número de
evidencias de la existencia de diferencias en los tipos de
respuesta según el sexo durante este periodo de edad, todos
los análisis fueron realizados de forma separada por chicas y
chicos.
MÉTODO
Sujetos.- Los participantes en el estudio fueron 473 niños
y jóvenes adolescentes elegidos al azar que cursaban estudios
entre el quinto y el noveno grado escolar (edades comprendidas
entre 9 y 15 años) de cuatro barrios residenciales en el
Medio oeste de los Estados Unidos. Dos barrios eran, en
general, de clase media baja, el tercero era de clase media, y
el cuarto era de clase media alta. Estas comunidades estaban
compuestas casi exclusivamente por personas de ascendencia
europea. Para diversificar los posibles efectos que pudiera
tener la época del año en que se realizaban las pruebas y,
al mismo tiempo, facilitar el manejo de los datos obtenidos,
se repartieron los cuestionarios en ocho tandas a lo largo de
2 años. La muestra elegida fue estratificada para obtener una
representación equilibrada por sexos, comunidades, época del
año y grado escolar, con aproximadamente el mismo número de
estudiantes representando cada cuarta parte desde el otoño
del quinto grado escolar hasta el invierno del noveno año
escolar.
La muestra final incluye al 68.8% de los estudiantes
inicialmente invitados elegidos al azar. Un veinticuatro por
ciento de los invitados a participar declinaron tomar parte o
no pudieron conseguir el permiso de sus familias, un 4.4%
intervinieron al inicio del estudio pero no consiguieron
completar el número exigido de formularios de auto-respuesta,
y un 2'8% completó el estudio pero los datos aportados eran
inservibles. El número de muestras perdidas fue
aproximadamente el mismo entre niños y niñas (32.2% frente
al 30.2% respectivamente) y en relación con los chicos
fue más frecuente entre aquellos que estaban cursando los
grados escolares superiores (quinto a noveno grado escolar:
24%, 23%, 33%, 42%, 37%; tau b= 13, p .0005) pero no para las
chicas (tau b = -.01, N.S). Una medición realizada sobre la
totalidad de la población escolar en dos de los seis colegios
(Larson, 1989) mostró que los estudiantes que declinaron su
participación no se diferenciaban por su clase social, como
ha reflejado el índice Hollingshead sobre los empleos de sus
padres (Hollingsliead & Redlich, 1958), o su nivel de
autoestima, la cual fue medida con una versión de la escala
Rosenberg (Rosenberg, 1965) con seis puntos. Fueron más,
probablemente que los participantes que vivían con
padrastros; no obstante, los análisis individuales mostraron
que la relación entre el estado marital de los padres y los
atributos de los estados emocionales aquí considerados era
pequeña. Los índices sociométricos obtenidos en un colegio
mostraron que no existe una relación significativa entre la
no participación y la popularidad de que goza el individuo
entre sus compañeros. Esta ausencia general de diferencias
entre los que participaron y los que no, especialmente en su
nivel de autoestima, sugiere que la pérdida de la mayor
muestra realizada entre los chicos de mayor edad no introduce
sesgos en el muestreo.
Análisis separados demostraron que la pequeña fracción de
estudiantes que tomaron parte en el estudio pero no fueron
incluidos en la muestra final (6'2% de los inicialmente
invitados a participar) fueron calificados por sus profesores
como significativamente menos maduros, recibieron
calificaciones escolares más bajas y procedían de familias
con menores características SES. También se habían
calificado a si mismos como levemente más deprimidos, aun
cuando ésta última tenía una significación marginal en el
inventario de depresiones tipificadas (Larson, 1989). No
obstante, ya que estos 39 individuos estaban distribuidos en
categorías de edad y de sexo, su exclusión no ocasiona
sesgos en la muestra final.
Procedimientos.- Siguiendo los procedimientos del Método
ESM- Experience Sampling Method- (Csikszentmihalyi &
Larson, 1987; Hormuth, 1986; Larson & Csikszentinihalyi,
1983), los participantes llevaron consigo localizadores electrónicos
durante una semana con un opúsculo conteniendo los
formularios de respuesta. Durante el día se enviaron siete señales
a los localizadores, entre las 7:30 y las 21:30 horas, enviándose
cada señal en un momento elegido al azar dentro de
bloques de dos horas. Las
instrucciones dadas a los estudiantes fueron que llevaran
encima a todas horas el localizador y que inmediatamente después
de recibir cada señal cumplimentaran uno de los formularios.
Se les permitió apagar el localizador cuando fueran a
descansar, si se iban a dormir antes de las
21:30 horas, o si habían planeado trasnochar. En otro
caso, el objetivo fijado era obtener descripciones de sus
experiencias en cada uno de los momentos elegidos
El conjunto de estudiantes respondió a un total de 17.752 señales
del ESM y se cumplimentaron un promedio de 37.5 formularios
por persona. Una vez descontadas las señales perdidas, bien
porque fueron enviadas mientras ellos dormían o bien a causa
de fallos mecánicos en el localizador, el porcentaje de
respuesta a las señales enviadas fue del 84%. De la información
obtenida en las diversas entrevistas realizadas se obtiene que
las señales que se perdieron ocurrieron mientras ellos
realizaban actividades de muy diversa índole, de modo que no
pueden englobarse dentro de una categoría especial de
"experiencias". (Larson 1989). La muestra final de
formularios respondidos, por consiguiente, proporciona un
muestreo bastante representativo de sus vidas cotidianas.
Instrumentos.- Los estudiantes valoraron sus estados
emocionales o de humor en el momento de oír cada señal,
empleando para ello escalas con diferencias semánticas de
seis 7 grados. Estos elementos trataban sobre dos dimensiones
básicas de las experiencia emocional que habían sido
identificadas y consideradas estables entre los niños de esta
edad (Russell & Ridgeway, 1983). Tres de estos elementos
trataban sobre la dimensión de la satisfacción-disgusto o
del afecto (felicidad, tristeza, alegría-irritabilidad,
amistad-enfado); tres trataban sobre la dimensión de la
excitación (despierto-somnoliento, fuerte-débil,
entusiasta-aburrido). Los valores asignados a estos
elementos fueron reportados mediante una escala métrica que
iba desde - 3 hasta + 3, donde los valores negativos
correspondían a estados menos eufóricos y los valores
positivos a estados de ánimo positivos.
Los análisis de este trabajo están basados en la unificación
de puntuaciones computadas para todos los formularios
respondidos por cada persona. De aquí que nuestra unidad de
análisis sea la persona (N = 473), no la muestra
individualmente obtenida (N = 17,752). Las puntuaciones
examinadas en primer lugar fueron las desviaciones típicas de
las respuestas de cada persona a cada elemento empleado - lo
que sirve como índices de la variación emocional- y los
promedios de las respuestas de cada persona a estos elementos
- lo cual sirve como índices del estado emocional de
base/fondo. La matriz correlacional de estas puntuaciones,
presentada en la Tabla 1 muestra la correlación entre los
medios, que se gradúa de r = .89 a .31- y la correlación
entre las desviaciones estándar - que se ordena de r = .80 a
.37. La correlación entre los medios y las desviaciones estándar
se extiende de r = .26 a -.30.
Para valorar la fiabilidad de estas puntuaciones, la sucesión
de respuestas dadas por cada individuo fue dividida en el
punto medio de la semana y las respuestas se computaron
separadamente para cada persona, según se hubieran dado en la
primera o en la segunda mitad de la semana. Las correlaciones
entre estas puntuaciones se ordenaba de r = .57 a .46
para las desviaciones estándar entre los seis elementos, y de
r = .73 a .66 para los términos medios (Larson, 1989.) Estos
valores están dentro de un nivel esperado de estabilidad
subjetiva interior ya que los estados emocionales se ven
afectados por los acontecimientos actuales en la vida de las
personas. Los resultados demostrativos de la validez de estas
mediciones de los estados de humor fueron presentadas en un
artículo publicado por Csikszentmihalyi y Larson
(1987).
Valoración de los estilos de respuesta.- Para
valorar la influencia de las diferencias de edad en la
tendencia a dar respuestas en las zonas extremas de las
escalas, un subgrupo de 106 estudiantes de quinto a octavo
grado escolar, de las dos últimas tandas del estudio, fueron
preguntados al final de la semana en la que emplearon el mismo
grupo de elementos semánticos diferenciales para clasificar
seis dibujos de trazos sencillos donde se representaban
diferentes caras. Se empleó la Guía sobre las Emociones que
refleja el rostro humano de Ekman y Friesen's (1975)
para elegir aquellas facciones que proporcionasen una
representación equilibrada de las dimensiones emocionales,
tanto del afecto como de la excitación. Dos de las caras
fueron intencionadamente elegidas para resultar neutrales, y
para ello se representaron mediante "combinaciones"
de facciones; en los otros dibujos se pretendió representar
cuatro combinaciones de afectos positivos y negativos y de
mucha y poca excitación. Las caras eran ambiguas respecto de
la edad y del sexo representado. Se preguntó a los
estudiantes que, a la vista de estas caras dijeran
"Cómo se calificarían a si mismos si hubiesen sido
seleccionados?"
Las clasificaciones que, de las seis caras, hizo cada
estudiante fueron incorporadas al estudio de modo similar a la
manera en que se incorporaron los formularios de respuesta del
ESM. Entre el grupo de chicas, las correlaciones entre las
puntuaciones de los formularios de respuestas y las
clasificaciones de las caras apenas reflejan una pauta
consistente, donde las correlaciones resultan sustanciales
entre los elementos fuerte-débil (r = .41 para las
desviaciones standard , r = .36 para los términos
medios) y donde las correlaciones entre los demás elementos
clasificados están entre = .26 y -.23. Entre el grupo
de chicos, las correlaciones entre las puntuaciones de las
desviaciones medias/estándar fueron positivas, distribuidas
de r = .42 a .29, y las puntuaciones de las medias
fueron ligeramente negativas, distribuyéndose de r = -.27 a
.09.
RESULTADOS
Los análisis incluían diversas series de análisis paralelos
sobre la varianza, donde el grado de estudios figura como la
variable independiente, y los formularios de autorespuesta y
las clasificaciones de las caras como las variables
dependientes. Para los análisis principales se realizaron
test previos de homogeneización de la varianza para todas las
variables dependientes, lo que indicó que MANOVA podría
ser un método aceptable para el tratamiento de estos datos.
Para profundizar en cada MANOVA significativa se le aplicaron
tests invariables de tendencias polinómicas. Por último
decir que todos los análisis fueron llevados a cabo de manera
separada para los grupos de chicas y de chicos.
Para valorar las diferencias existentes en las alteraciones
emocionales entre los grupos de edad, nosotros realizamos un
MANOVA donde el nivel escolar actuaba como la variable
independiente y las desviaciones estándar de los estudiantes
en cada una de las seis escalas de auto-clasificación
actuaban como las variables dependientes. Este análisis
reflejó, para el grupo de chicas, una correlación apenas
significativa entre el nivel escolar y las puntuaciones de la
desviación estándar, F(24,914) = 1.49, p = .06, mientras
que, para el grupo de chicos, no se apreció ninguna correlación,
F(24,886) = .93, N.S. De los análisis invariables se
desprende la presencia de tendencias lineales débiles pero
significativas para las dos escalas relativas al "afecto"
(alegre, sociable). La Tabla 2 muestra los valores medios para
cada nivel escolar y los coeficientes correlacionales que
indican la magnitud de estas tendencias lineales.
Puesto que los términos polinómicos de segundo orden
y superiores no fueron significativos en este ni en los análisis
subsiguientes, no aparecen reflejados.
TABLA 2
TENDENCIAS
POR EDADES EN LA DESVIACIÓN STANDARD DE LOS ESTADOS
EMOCIONALES MANIFESTADOS DIARIAMENTE
| |
GRADO |
t para TENDENCIA LINEAL |
|
CORRELACION CON EL NIVEL ESCOLAR |
| 5 |
6 |
7 |
8 |
9 |
p |
| Chicas: |
|
| Contenta |
1.21 |
1.18 |
1.27 |
1.25 |
1.36 |
1.70 |
.09 |
.11 |
| Alegre |
1.08 |
1.20 |
1.27 |
1.22 |
1.21 |
2.27 |
.03 |
.15 |
| Sociable |
1.12 |
1.15 |
1.22 |
1.27 |
1.23 |
1.68 |
.01 |
.17 |
| Vigilante |
1.44 |
1.44 |
1.48 |
1.52 |
1.50 |
.85 |
.40 |
-.06 |
| Fuerte |
1.05 |
1.12 |
.98 |
1.19 |
1.12 |
.81 |
.42 |
.05 |
| Entusiasta |
1.46 |
1.49 |
1.58 |
1.46 |
1.40 |
-0.65 |
.52 |
-.03 |
| N |
49.00 |
54.00 |
52.00 |
48.00 |
37.00 |
|
| Chicos: |
| Contento |
1.24 |
1.18 |
1.28 |
1.11 |
1.12 |
-1.48 |
.14 |
-.10 |
| Alegre |
1.27 |
1.17 |
1.25 |
1.21 |
1.12 |
-1.06 |
.29 |
-.06 |
| Sociable |
1.24 |
1.15 |
1.24 |
1.16 |
.99 |
-1.94 |
.05 |
-.06 |
| Vigilante |
1.37 |
1.43 |
1.56 |
1.50 |
1.42 |
.62 |
.53 |
.05 |
| Fuerte |
1.12 |
1.11 |
1.17 |
1.06 |
1.00 |
-1.09 |
.28 |
-.07 |
| Entusiasta |
1.44 |
1.40 |
1.49 |
1.42 |
1.27 |
-1.23 |
.22 |
-.07 |
| N |
49.00 |
54.00 |
52.00 |
48.00 |
37.00 |
|
Nota.-El cuerpo de la tabla muestra las
desviaciones típicas por cada nivel escolar
Nosotros también realizamos análisis multivariables donde
empleamos, como variables dependientes, las deviaciones estándar
en las puntuaciones obtenidas en las pruebas realizadas
con los dibujos de las caras. No se encontró ninguna relación
entre estas puntuaciones y el nivel escolar, ni en el grupo de
chicas, F(I8,173) = .33, N.S, ni en el de los chicos,
F(18,155) = .32, N.S. Dado que estudiantes que cursan
diferentes grados escolares atribuyeron la misma gama de
estados emocionales a estas caras estandarizadas, las
diferencias de edad que se encontraron, en cambio, en los
formularios sobre emociones cotidianas entre el grupo de
chicas no puede ser explicada como la actuación de un estilo
de respuesta. Más bien parecen reflejar reales diferencias en
los estados afectivos que las chicas de más edad experimentan
en sus vidas diarias.
Tanto las chicas como los chicos presentaron tendencias de
edad significativas en relación con el promedio de sus
estados emocionales cotidianos. (ver Tabla 3). Para realizar
los MANOVAS se tomaron las puntuaciones medias de los
formularios diarios de cada persona, con las escalas de seis
ratios actuando como variables dependientes. Estos análisis
revelaron una relación significativa entre el grado de
estudios y el promedio de estados de humor tanto para las
chicas, F(24,914) = 1.90, p< .01, como para los chicos,
F(24,886) = 1.86, p < .01. Análisis univariables mostraron
una significativa correlación lineal entre el grado escolar
para cinco de las seis variables, tanto en relación con las
chicas como con los chicos (Tabla 3).
Las clasificaciones de las caras también demostraron que las
diferencias de edad no pueden ser explicadas en términos de
alteraciones en los estilos de respuesta, al menos para la
mayoría de estas variables. En el grupo de chicos no se
encontró ninguna relación significativa entre el grado
escolar y el promedio de estados que se habían asignado a los
dibujos de las caras, F(I8,155) = 1.18, N.S. En el grupo de
chicas hubo una relación significativa entre el grado escolar
y las calificaciones medias dadas a las caras, F(18,173) =
1.69, p < .05. Los análisis polinómicos, no obstante,
revelaron la inexistencia de tendencias univariables
significativas en el nivel .05, y sólo dos de los seis
elementos sugirieron la presencia de una relación lineal con
el grado escolar, lo que podría llevar a confusión en la
interpretación de las tendencias de los clasificaciones que
realizaron. La correlación entre el grado escolar y la
felicidad media que el grupo de chicas atribuyó a las caras
fue r -.15 (p = .23), y la correlación entre el grado
escolar y la jovialidad media percibida en las caras fue r =
-.23 (p = .052). Las correlaciones entre los cuatro elementos
restantes estuvo entre r = -.07 y .21. Por lo tanto, con la
posible excepción de las tendencias sobre la felicidad y la
jovialidad entre las chicas, las tendencias de edad que se
desprenden de los formularios sobre los estados de humor
cotidianos, no puede ser entendida como una diferencia en el
estilo de respuesta, pero más bien indica que el promedio de
los estados diarios experimentados por los participantes de
mayor edad era menos positivo.
TABLA 3
TENDENCIAS
DE EDAD EN RELACIÓN CON EL ESTADO MEDIO DE LOS ESTADOS
EMOCIONALES DIARIOS MANIFESTADOS
| |
GRADO |
t para TENDENCIA LINEAL |
|
CORRELACION CON EL NIVEL ESCOLAR |
| 5 |
6 |
7 |
8 |
9 |
p |
| Chicas: |
| Contenta |
5.61 |
5.43 |
5.10 |
5.14 |
4.98 |
-4.22 |
.001 |
-.28 |
| Alegre |
5.34 |
5.25 |
4.92 |
5.11 |
4.83 |
-2.64 |
.009 |
-.17 |
| Sociable |
5.60 |
5.41 |
4.98 |
5.12 |
5.11 |
-3.19 |
.002 |
-.21 |
| Vigilante |
4.45 |
4.58 |
4.24 |
4.31 |
4.48 |
-0.42 |
.680 |
-.04 |
| Fuerte |
4.46 |
4.68 |
4.28 |
4.34 |
4.42 |
-2.07 |
.040 |
-.14 |
| Entusiasta |
4.77 |
4.64 |
4.25 |
4.44 |
4.42 |
-2.07 |
.040 |
-.14 |
| Chicos: |
| Contento |
5.27 |
5.18 |
4.96 |
4.86 |
4.90 |
-2.81 |
.005 |
-.19 |
| Alegre |
4.94 |
4.90 |
5.01 |
4.60 |
4.46 |
-3.03 |
.003 |
-.19 |
| Sociable |
5.26 |
4.93 |
4.88 |
4.78 |
4.75 |
-3.04 |
.003 |
-.20 |
| Vigilante |
4.67 |
4.77 |
4.47 |
4.26 |
4.12 |
-3.30 |
.001 |
-.21 |
| Fuerte |
4.92 |
4.99 |
4.89 |
4.52 |
4.58 |
-2.62 |
.009 |
-.17 |
| Entusiasta |
4.53 |
4.40 |
4.38 |
4.26 |
4.44 |
-1.08 |
.480 |
-.06 |
Fig 1.-
Frecuencia de los estados de ánimo manifestados por los
participantes según su grado escolar: Chicas. (Nota: la Tabla
muestra la frecuencia media con que los estudiantes emplearon
cada una de las graduaciones de las escalas para identificar
sus propios estados emocionales cotidianos.)
Como medio suplementario de examen de estas tendencias de
edad, nosotros evaluamos la frecuencia con que los estudiantes
de todos los niveles académicos manifestaron diferentes
graduaciones de estados de humor positivos y negativos. Para
cada individuo, el porcentaje de tiempo fue calculado para que
él o ella empleara cada uno de los 7 grados de las seis
escalas para identificar su estado de ánimo. Las figuras 1 y
2 muestran los términos medios obtenidos de estos
porcentajes, para cada uno de los niveles escolares.
Este gráfico evidencia que las mayores diferencias de edad se
dieron en relación con los grados del extremo positivo y del
levemente negativo de la escala. Para ambos, niñas y niños,
el grado de la escala más positivo (+3) fue empleado para
describir sus estados medios tanto en el noveno como en el
quinto curso académico. En relación con las chicas, la
correlación lineal ente el grado escolar y el porcentaje
correspondiente a esta categoría fue r = -.21 (p
< .001) y para los chicos fue r -.22 (p < .001).
En vez de estos estados positivos extremos, las chicas más
mayores manifestaron, con mayor frecuencia, estados levemente
negativos y levemente positivos, como indicaron las
significativas correlaciones lineales entre la frecuencia y el
nivel escolar en la graduación de la escala marcadas +
1 (r = .20, p < .01), - 1 (r = .21, p < .001) y
-2 (r = .14, p < .05).
Los chicos de más edad manifestaron sólo una mayor
frecuencia respecto del grado levemente negativo de la escala,
-1 (r = .22, p < .00 1). No hubo ninguna diferencia de edad
significativa en la frecuencia de los estados negativos
extremos. Contrariamente a lo que afirma la teoría de la
emotividad, los adolescentes no experimentaron con mayor
frecuencia estados extremos Bastantes de ellos sí
experimentaron con más frecuencia estados en esta zona media
de la escala emocional.
De nuevo, estas diferencias no se vieron reiteradas en las
clasificaciones de las caras llevada a cabo por el subgrupo de
106 estudiantes. Para los chicos, los grados intermedios de
las escalas (-2,-1,+1,+2) fueron empleados un 42.3% de las
veces por los estudiantes de quinto y sexto grado y un
41.7% por los de séptimo y octavo grado; para las chicas,
estos grados intermedios de las escalas fueron empleados un
35.5% de veces por el grupo más joven y un 39.7% por el
grupo de más edad. Tampoco hubo diferencias
sustanciales entre los grupos de edad en la frecuencia en que
emplearon los grados intermedios - positivos o negativos- de
la escala para clasificar las caras. Por consiguiente, las
diferencias de edad que resultan de sus informes sobre sus
estados anímicos cotidianos no reflejan una diferencia de
edad en los estilos de respuesta, pero, más bien, parecen
representar una diferencia en la experiencia emocional
cotidiana.
DISCUSIÓN
Estos hallazgos sugieren que el comienzo de la adolescencia no
implica diferencias apreciables en la variación de los
estados emocionales experimentados en la vida diaria. En
momentos elegidos al azar por espacio de una semana, los
participantes en el estudio informaron sobre sus estados de
humor cuando así les fue solicitado. En relación con los
informes sobre la variación individual de los estados de
humor de los chicos, no hubo tendencias significativas dentro
del grupo de edades comprendidas ente los 9 y los 15 años.
Entre las chicas hubo una ligera y marginal diferencia por
edades en relación con estas desviaciones estándar,
previsible a la vista de las tendencias lineales por edad de
tipo positivo que fueron encontradas respecto de dos elementos
(que relacionaban el estado de humor con el afecto). Ni chicos
ni chicas mostraron un incremento en la frecuencia de los
estados extremos, positivos o negativos. Semejantes hallazgos
desafían la hipótesis de que la adolescencia es una etapa de
enorme aumento de la emotividad. Al mismo tiempo los datos no
sugieren que tenga lugar una disminución de la emotividad
proporcional a la edad; no muestran que entre la adolescencia
y la edad adulta/madurez se produzca un declive de la
volubilidad emocional, que algunos estudios habían
encontrado. La adolescencia, entonces, puede ser un periodo
estacionario durante el cual la responsabilidad emocional de
la niñez es sostenida y manifestada sin pasar por el prisma
de la experiencia quinceañera, más sofisticado y similar al
de los adultos.
Si bien estos descubrimientos indicaban pocas diferencias, según
la edad, en las variaciones de los estados de humor, de ellos
sí resultaba que el comienzo de la adolescencia estaba
asociado a cambios en el estado de humor medio. A lo largo de
sus vidas diarias, los participantes de más edad manifestaron
en un menor número de ocasiones estados extremadamente
positivos y un mayor número de estados levemente negativos.
Tanto para los chicos como para las chicas, su estado medio -
su base emocional - fue más bajo entre los sujetos de más
edad que entre los más jóvenes. Respecto de la clasificación
de las emociones mediante los dibujos de caras, la ausencia de
diferencias de edad comparables indica que estos hallazgos no
pueden atribuirse a diferencias de edad en las tendencias de
respuesta
En análisis separados nosotros examinamos estos datos,
empleando como variable independiente la etapa de la pubertad
en lugar del grado escolar (Richards & Larson, en
elaboración). Dado que muchas teorías relacionan explícitamente
la emotividad de la adolescencia con los cambios biológicos
de la pubertad, podría esperarse que la etapa de la pubertad
reflejara mayores relaciones con las variables dependientes
aquí consideradas. Los hallazgos de estos análisis, sin
embargo, indican que la etapa de la pubertad no es un
predictor más potente de estas alteraciones del estado de
humor que el grado escolar .
Dos clases de argumentaciones podrían traerse a colación
para explicar estas diferencias entre la representación que
de sus estados afectivos cotidianos hacen niños y
adolescentes. Una explicación sería que existen diferencias
en el modo en que los jóvenes de menor y de mayor edad
interpretan lo que deben ser experiencias afectivas cotidianas
muy similares, tanto internas como externas. Una segunda
explicación sería que sí existen cambios reales en dichas
experiencias internas y externas.
La explicación interpretativa afirma que el adolescente ha
pasado a ser más critico y perspicaz en la interpretación de
sus estados de ánimo internos y externos, que estaría menos
predispuesto a etiquetar sus experiencias con superlativos
positivos ingenuos, y que es más capaz de detectar estados de
ánimo levemente negativos. La investigación de laboratorio
de hecho demuestra que, al aumentar la edad, los niños
intensifican su comprensión emocional (Nannis, 1988a, 1988b):
aumenta su léxico de vocablos sobre las emociones, hacen
diferenciaciones más complejas de las emociones apropiadas
para las diferentes situaciones (Harter, 1980; Schwartz &
Trabasso, 1984; Weiner & Graham, 1984), y que con mayor
frecuencia toman en consideración sus procesos internos a la
hora de atribuirse sus emociones (Harris, Olthof, & Terwog
1981; Wolman, Lewis, & King, 1971). Es concebible,
entonces, que la menor frecuencia de extremos positivos en las
clasificaciones realizadas por los adolescentes y el leve
aumento del grado de volubilidad emocional que se da entre las
chicas, en relación con la edad, reflejen su habilidad para
hacer discriminaciones más finas de sus experiencias
emotivas. Esta investigación de laboratorio, sin embargo, no
consigue explicar fácilmente la desviación de orden
descendente que se produce en los estados emocionales medios.
La segunda explicación atribuye las diferencias de edad, en
relación con los estados manifestados, a la existencia de
cambios reales en la composición afectiva de la vida diaria
durante la transición a la adolescencia. Esto es, la desviación
de orden descendente en los estados medios puede reflejar una
alteración de la equilibrada disposición de señales
afectivas -positivas y negativas- constitutivas de la
experiencia cotidiana individual. Tal alteración puede estar
relacionada con una invitación a cambios
normativos asociados con la primera adolescencia: el
aumento de situaciones estresantes (BrooksGunn & Warren,
1989; Coddington, 1972), a los cambios hormonales de la
pubertad (Nottelmann et al. 1987), a las interacciones
complejas que tienen lugar con el desarrollo de la pubertad
(BrooksGunn & Warren, 1989; Petersen & Taylor, 1980;
Simmons, Blyth, Van Cleave, & Bush, 1979), a los cambios
en el entorno social (Lewin, 1938), o al desarrollo de la
autonomía emocional y a la disminución del respaldo paterno
(Blos, 1961; Steinberg & Silverberg, 1986). Esta
explicación es también congruente con la conclusión de que
los grados de sentimientos y desórdenes depresivos se
incrementan con el comienzo de la adolescencia (Rutter, 1986).
Las dos explicaciones en realidad convergen en lo que ambas
sugieren sobre la vida cotidiana de niños y adolescentes. Si
se concluye que hay un cambio real en la composición afectiva
de sus vidas o, en todo caso, los adolescentes así lo
piensan, el resultado es el mismo. En la experiencia
consciente del adolescente hay muchas menos ocasiones en las
que el individuo se siente pletórico y más ocasiones donde
experimenta sentimientos ligeramente negativos. Mientras que
la mayoría de sus estados anímicos diarios son bastante
positivos, la calificación que dan de sus experiencias es
marcadamente baja.
Serán necesarias ulteriores investigaciones para conocer las
causas y consecuencias de tales alteraciones en sus
experiencias cotidianas. ¿Están relacionadas con los cambios
normativos asociados al aumento del estrés diario en la
primera adolescencia, a cambios hormonales, a la autonomía
respecto de los padres? En la práctica, ¿qué asociación
existe entre dichas alteraciones y el subsiguiente desarrollo
de los problemas de la adolescencia?; en especial, ¿qué
relación existe con los altos niveles de depresión
encontrados entre las chicas que están en la etapa media de
la adolescencia? Por último, es importante tomar en
consideración cómo estos cambios guardan relación y pueden
ser modificados por los diferentes niveles de desarrollo en el
conocimiento de las emociones y la adquisición individual de
estrategias para controlarlas y regularlas.
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